Victor Humareda

La madre de Víctor Humareda nunca le dio permiso para ser artista. Nunca comprendió que Víctor debía ir a Lima a aprender, "de buenas a primeras se mandó mudar".

Viajó de Lampa, provincia de Puno, a Arequipa, su tierra natal. No lo encontró. Ya había partido hacia Lima.

Víctor se encontraba en Lima con la licencia que le daban sus dieciocho años. Un año después en 1939, ingresó a Bellas Artes. Luego de unos meses de estudio no tenía ni para comer. Los estudios no le permitían trabajar. O estudiaba o trabajaba. A los pocos días saciaba su apetito y regresaba a la casa de su tía abuela con el cuerpo molido. Por las mañanas caminaba por la calle Capón, deteniéndose en los restaurantes, ofreciendo llenar papeles en blanco con rostros a pedido del cliente; por los que recibía unos cuantos soles que luego se convertirían en lápices de carboncillo o en sancochados del Cordano, según el ánimo que albergara.

En el cuarenta y uno reingresa a Bellas Artes con buen pie, por lo menos así lo acredita la nota final: diecinueve. Todavía no conocía el estilo (quizás tampoco los prostíbulos limeños) con el que se caracterizaría años después. Los cuarentas se acababan y los diecinueves seguían dándose, haciendo del alumno Humareda uno de los más aplicados. En el cuarenta y siete conquista el segundo puesto de su promoción y la ilusión de una beca a la Argentina. Por esos años probablemente Huatica y la Nené ya recibían a Humareda en sus recintos pues sus cuadros tomaron ese matiz orgánico y sentimental como lo recuerda el crítico de arte Eduardo Moll. Sus lugares preferidos le decían al oído que los tonos sordos, bajos, contrastados entre fríos y cálidos eran lo correcto; lo que comúnmente se llama inspiración. Podía ser un paso de ballet o la atmósfera de una obra teatral o la sensación que se tiene al ver un borracho tirado en la Parada. Todos ellos, lugares donde solía estar el pintor. Sentado en una aséptica butaca del teatro o echado en una cama maloliente de "el mismo bulín, iba siempre al mismo", nos dijo Mario Sierra.
A su regreso de Argentina, donde llevó cursos de especialización, sus cuadros le dieron un sustento que le permitió alquilar el cuarto de un hotel y luego otro y otro. Hasta que llegó al Lima Hotel, otrora digno hotel de la avenida 28 de Julio, cerca de la Parada. Allí se pasaba horas pintando o escuchando a Bach, Bethoveen, Chaikovski, nunca una diablada puneña ni mucho más.
Nadie sabe cómo hizo Humareda para pintar sus cuadros en una habitación en donde reinaba el desorden y el olor a aguarás. Los cuadros no comenzaban a dibujarse en la habitación 238 del Lima Hotel sino en su pequeña agenda que llevaba a todos lados y llenaba con bocetos a lápiz o lapicero.

Sus amigos, que no fueron pocos, se movilizaron para cumplirle un sueño: Conocer en persona (o lo más cercano a ello) a sus maestros Don Diego de Velásquez, Rembrandt, Manet, Don Francisco Goya y Lucientes, Renoir, Daumier, Gutiérrez Solana y Tolouse Lautrec.

Parte del Callao el 66 y luego de tres meses llega a España donde permanece unos días para luego trasladarse a Francia. Pasó más días sobre el mar que visitando museos pues su retorno se vuelve imperativo. Su estancia en Francia se hace insoportable, "debía cinco días de hotel y hacía tres que no comía" nos relata el escritor José Antonio Bravo. De regreso a casa en su cuarto del Lima Hotel permanecían el retrato de su madre que "no está en venta", su cuadro "El mitin", sus trapos sucios y sus sombreros colgados en el caballete, uno tongo y otro de copa.

En sus últimas semanas pintó por encargo "La Quinta Hereen de noche" que casi no la termina pues ya había sido operado de la laringe y su estado era delicado. El 21 de noviembre de 1986 luego de bajarle un poco el amarillo "porque tenía mucha luz" a "La Quinta Hereen de noche" le sobrevino un dolor en el pecho. A los pocos días su hermanastra estaba en el 238 llevándose unos cuadros y echando al tacho bocetos y libretas de apuntes del pintor.

Jose Carlos Sosa Ch.

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