Enrique López Albújar: Como habla la coca


Enrique López Albújar
( 1872 - 1966 )

Como habla la coca
     
Me había dado a la coca. No sé si al peor o al mejor de los vicios. Ni sé tampoco si por atavismo o curiosidad, o por esa condición fatal de nuestra naturaleza de tener siempre algo de qué dolerse o avergonzarse. Y, mirándolo bien, un vicio, inútil para mí; vicio de idiota, de rumiante, en que la boca del chacchador acaba por semejarse a la espumosa y buzónica del sapo, y en que el hombre parece recobrar su ancestral parentesco con la bestia.

Durante el día la labor del papel sellado me absorbía por completo la voluntad. Todo eran decretos, autos y sentencias. Vivía sumergido en un mar de considerandos legales; filtrando el espíritu de la ley en la retorta del pensamiento; dándole pellizcos, con escrupulosidad de asceta, a los resobados y elásticos artículos de los códigos, para tapar con ellos el hueco de una débil razón; acallando la voz de los hondos y humanos sentimientos; poniendo debajo de la letra inexorable de la ley todo el humano espíritu de justicia de que me sentía capaz, aunque temeroso del dogal disciplinario, y secando, por otra parte, la fuente de mis inspiraciones con la esponja de la rutina judicial.

Bajo el peso de este fardo de responsabilidades, el vicio, como el murciélago, sólo se desprendía de las grietas de mi voluntad y echábase a volar a la hora del crepúsculo. Era entonces cuando a la esclavitud razonable sucedía la esclavitud envilecedora. Comenzaba por sentir sed de algo, una sed ficticia, angustiosa. Daba veinte vueltas por las habitaciones, sin objeto, como las que da el perro antes de acostarse. Tomaba un periódico y lo dejaba inmediatamente. Me levantaba y me sentaba en seguida. Y el reloj, con su palpitar isócrono, parecía decirme: chac… chac… chac… chac… chac…chac… Y la boca comenzaba a hacérseme agua.

Un día intenté rebelarme. ¿Para qué es uno hombre sino para rebelarse? “Hoy no habrá coca —me dije—. Basta ya de esta porquería que me corrompe el aliento y deja en mi alma pasividades de indio”. Y poniéndome el sombrero salí y me eché a andar por esas lóbregas calles como un noctámbulo.

Pero el vicio, que en las cosas del hombre sabe más que el hombre, al verme salir, hipócrita, socarrón, sonrió de esa fuga. ¿Y qué creen ustedes que hizo? Pues no me cerró el paso; no imploró el auxilio del deseo para que viniese a ayudarle a convencerme de la necesidad de no romper con la ley respetable del hábito; no me despertó el recuerdo de las sensaciones experimentadas al lento chacchar de una cosa fresca y jugosa; ni siquiera me agitó el señuelo de una catipa evocadora del porvenir, en las que tantas veces había pensado. “Anda, —pareció decirme—, anda, que ya volverás más sometido que nunca”. Y comencé a andar, desorientado, rozándome indiferente con los hombres y las cosas, devorando cuadras y cuadras, saltando acequias, desafiando el furioso tartamudeo de los perros, lleno de rabia sorda contra mí mismo y procurando edificar, sobre la base de una rebeldía, el baluarte de una resolución inquebrantable.

Y, cuando más libre parecía sentirme de la horrible sugestión, una fuerza venida de no sé donde, imperiosa, irresistible, me hizo volver sobre mis pasos, al mismo tiempo que una voz tenue, musitante, comenzó a vaciar sobre la fragua de mis protestas, un chorro inagotable de razonamientos, interrogándose y respondiéndoselo todo.

—¿Has caminado mucho? ¿Te sientes fatigado? ¿Sí? ¿No hay nada como una chaccha para la fatiga; nada. La coca hace recobrar las fuerzas exhaustas, devuelve en un instante lo que el trabajo se ha robado en un día. Di la verdad, ¿no quisieras hacer una chacchita, una ligera chacchita?.. Parece que mi pregunta no te ha disgustado. Pero para eso es indispensable sentarse, y en la calle esto no sería posible. El cargo y el traje te lo impiden. Si estuvieras de poncho… ¿Qué? ¿No quieres volver a tu casa todavía? ¡Una tontería! Porque para lo que hay que ver lo tienes ya visto, y lo que no has visto es porque no lo debes ver. Vamos, cede un poco. La intransigencia es una camisa que debe mudarse lo menos dos veces por semana, para evitar el riesgo de que huela mal. No hay cosa que haga fracasar más en la vida que la intransigencia. Y si no, fíjate en todos nuestros grandes políticos triunfadores. Cuando han ido por el riel de la intransigencia, descarrilamiento seguro. Cuando han ido por la carretera de las condescendencias y de las claudicaciones, han llegado. Y en la vida lo primero es llegar. No te empecines, regrésate. A no ser que prefieras una chaccha sobre andando. Porque lo que es coca no te ha de faltar. Busca, busca. ¿Estás buscando en el bolsillo de la izquierda? En ése no; en el de la derecha. ¿Ves? Son dos hojitas que escaparon de la chaccha devoradora de anoche. Dos, nada más que dos. ¿Cómo?.. ¿Vas a botarlas? ¡Qué crimen! Un rasgo de soberbia, de cobardía, que no sienta bien en un hombre fuerte como tú. ¿Tanto le temes a ese par de hojitas que tienes en la mano? ¡Ni que fueras fumador de opio!

Mira, el opio es fiebre, delirio, ictericia, envilecimiento. El opio tiene la voracidad del vampiro y la malignidad de la tarántula. Carne que cae entre sus garras la aprieta, la tortura, la succiona, la estruja, la exprime, la diseca, la aniquila… Es un alquimista falaz, que, envuelto en la púrpura de su prestigio oriental, va por el mundo escanciando en la imaginación de los tristes, de los adoloridos, de los derrotados, de los descontentos, de los insaciables, de los neuróticos, un poco de felicidad por gotas. Pero felicidad de ilusión, de ensueño, de nube, que pasa dejando sobre la placa sensible del goce fugaz el negativo del dolor.

La coca no es así. Tú lo sabes. La coca no es opio, no es tabaco, no es café, no es éter, no es morfina, no es hachisch, no es vino, no es licor… Y, sin embargo, es todo esto junto. Estimula, abstrae, alegra, entristece, embriaga, ilusiona, alucina, impasibiliza… Pero, sobre todos aquellos cortesanos del vicio, tiene la sinceridad de no disfrazarse, tiene la virtud de su fortaleza y la gloria de no ser vicio. ¿Qué sí lo es? Bueno, quiero que lo sea. Pero será, en todo caso, un vicio nacional, un vicio del que deberías enorgullecerte. ¿No eres peruano? Hay que ser patriota hasta en el vicio. No sólo las virtudes salvan a los pueblos sino también los vicios. Por eso todos los grandes pueblos tienen su vicios. Los ingleses tienen el suyo: el whisky. Una estupidez destilada de un tubérculo. ¿Y los franceses? También tienen su vicio: el ajenjo. Fíjate: el ajenjo, que en la paz le ha hecho a Francia más estragos que Napoleón en la guerra. ¿Y los rusos? Tienen el vodka; y los japoneses, tienen el sake; y los mejicanos el pulque. Y los yanquis ginjoismo, que también es un vicio. Hasta los alemanes no escapan a esta ley universal. Son tan viciosos como los ingleses y los franceses juntos. ¿Qué sería de Alemania sin cerveza? Pregúntale a la cebada y al lúpulo y ellos te contarán la historia de Alemania. La cerveza es la madre de sus teorías enrevesadas y acres, como arenque ahumado, y de su militarismo férreo, militarismo frío, rudo, mastodónico, geófago, que ve la gloria a través de las usinas y de los cascos guerreros. Sí. Según lo que se come y lo que se bebe es lo que se hace y se piensa. El pensamiento es hijo del estómago. Por eso nuestro indio es lento, impasible, impenetrable, triste, huraño, fatalista, desconfiado, sórdido, implacable, vengativo y cruel. ¿Cruel he dicho? Sí; cruel sobre todo. Y la crueldad es una fruición, una sed de goce, una reminiscencia trágica de la selva. Y muchas de esas cualidades se las debe a la coca. La coca es superior al trigo, a la cebada, a la papa, a la avena, a la uva, a la carne… Todas estas cosas, desde que el mundo existe, viven engañando el hambre del hombre. ¿Qué cosa es un pan, o un tasajo, o un bock de cerveza, o una copa de vino ante un hombre triste, ante una boca hambrienta? La bebida engendra tristezas pensativas de elefante o alegrías ruidosas de mono. Y el pan no es más que el símbolo de la esclavitud. Un puñado de coca es más que todo eso. Es la simplicidad del goce al alcance de la mano; una simplicidad sin manipulación, ni adulteraciones, ni fraudes. En la ciudad el vino deja de ser vino y el pan deja de ser pan. Y para que el pobre consiga comer realmente pan y beber realmente vino, es necesario que primero sacrifique en la capilla siniestra de la fábrica un poco de alegría, de inteligencia, de sudor, de músculo, de salud… La coca no exige estos sacrificios. La coca da y no quita. ¿Te ríes? Ya sé por qué. Porque has oído decir a nuestros sabios de biblioteca que la coca es el peor enemigo de la célula cerebral, del fluido nervioso. ¿La han probado ellos como la has probado tú?.. Te pones serio. ¿Crees tú que la coca usada hasta el vicio sea un problema digno de nuestros pedagogos? Tal vez así lo piensen los fisiólogos. Tal vez así lo crean los médicos. Pero tú bien puedes reírte de los médicos, de los químicos y de los fisiólogos…

Y es que la coca no es vicio sino virtud. La coca es la hostia del campo. No hay día en que el indio no comulgue con ella. ¡Y con qué religiosidad abre su huallqui, y con qué unción va sacando la coca a puñaditos, escogiéndola lentamente, prolijamente, para en seguida hacer con ella su santa comunión! Y para augurar también. La coca habla por medio del sabor. Cuando dulce, buen éxito, triunfo, felicidad, alegría… Cuando amarga, peligros, desdichas, calamidades, pérdidas, muerte… No sonrías. Es que tú nunca has querido consultarla. Te has burlado de su poder evocador. Te has limitado a mascarla por diletantismo. No bebes, no fumas, no te etero-manizas, ni te quedas estático, como cerdo ahíto, bajo las sugestiones diabólicas del opio. Tenías hasta hace poco el orgullo de tu temperancia; de que tu inspiración fuese obra de tu carne, de tu espíritu, de ti mismo. Pero aquello no era propio de un artista. El arte y el vicio son hermanos. Hermandad eterna, satánica. Lazo de dolor… Nudo de pecado. Los imbéciles no tienen vicios; tienen apetitos, manías, costumbres. ¿Una herejía? ¡Una verdad!.. El vicio es para el cuerpo lo que el estiércol para las plantas. Tenías por esto que tener un vicio: tu vicio. Como todos. Poe lo tuvo; Baudelaire lo tuvo… Y Cervantes también: tuvo el vicio de las armas, el más tonto de los vicios.

¡Bah!, debes estar contento de tener tú también tu vicio. Ahora, si dudas de la virtud pronosticadora de la coca, nada más fácil: vuélvete a tu casa y consúltala. Pruébala aunque sea una vez, una sola vez. Una vez es ninguna, como dice el adagio. Mira, llegas a tu casa, entras al despacho, te encierras con cualquier pretexto, para no alarmar a tu mujer, finges que trabajas y luego del cajón que ya tú sabes, levemente, furtivamente, como quien condesciende con la debilidad de un camarada viejo y simpático, sacas un aptay, no un purash, como el indio glotón, nada más que un aptay de eso; y en seguida te repantigas, y, después de prometerte que será la última vez que vas a hacerlo, la última —hasta podrías jurarlo para dejar a salvo tu conciencia de hombre fuerte— comienzas a masticar unas cuantas hojitas. No por vicio, por supuesto. Puedes prescindir del vicio en esta vez.

Lo harás por observación. Tú eres el observador y hay que observar in corpore sane los efectos de la hoja alcalina. Y, sobre todo, consultarla, es decir, hacer una catipa. ¿Qué perderías con ello?.. Si te irá bien en el viaje que piensas hacer a la montaña… Si tu próximo vástago será varón o hembra… Si estás en la judicatura firme, tan firme que un empujón político no te podrá tumbar. (Porque en este país, como tú sabes, ni los jueces están libres de las zancadillas políticas). O si estás en peligro de que los señores de la Corte te cojan cualquier día de las orejas y te apliquen una azotaína disciplinaria. Y al hacer tu catipa debes hacerla con fe, con toda la fe india de que tu alma mestiza es capaz. Te ruego que no sonrías. Tú crees que la palabra es solamente un don del bípedo humano, o que sólo con sonidos articulados se habla. También hablan las cosas. Las piedras hablan. Las montañas hablan. Las plantas hablan. Y los vientos, y los ríos y las nubes… ¿Por qué la coca —esa hada bendita— no ha de hablar también?

¿No has visto al indio bajo las chozas, tras de las tapias, en los caminos, junto a los templos, dentro de las cárceles, sentado impasiblemente, con el huallqui sobre las piernas, en quietud de fakir, masticando y masticando horas enteras, mientras la vida gira y zumba en torno suyo, cual siniestro enjambre? ¿Qué crees tú que está haciendo entonces? Está orando, está haciendo su derroche de fe en el altar de su alma. Está haciendo de sacerdote y de creyente a la vez. Está confortando su cuerpo y elevando su alma bajo el imperio invencible del hábito. La coca viene a ser entonces como el rito de una religión, como la plegaria de un alma sencilla, que busca en la simplicidad de las cosas la necesidad de una satisfacción espiritual. Y así como el hombre civilizado tiende a la complicación, al refinamiento por medio de la ciencia, el indio tiende a la simplicidad, a la sencillez, por medio de la chaccha. El hombre civilizado tiene la superstición complicada de los oráculos, de los esoterismos orientales; el indio, la superstición del cocaísmo, a la que somete todo y todo lo pospone.

Una chaccha es un goce; una catipa, una oración. En la chaccha el indio es una bestia que rumia; en la catipa, un alma que cree. Prescinde tú de la chaccha, si quieres, pero catipa de cuando en cuando, y así serás hombre de fe. La fe es la sal de la vida. Por eso el indio cree y espera. Por eso el indio soporta todas las rudezas y amarguras de la labor montañesa, todos los rigores de las marchas accidentadas y zigzagueantes, bajo el peso del fardo abrumador, todas las exacciones que inventa contra él la rapacidad del blanco y del mestizo.

Posiblemente la coca es la que hace que el indio se parezca al asno; pero es la que hace también que ese asno humano labore en silencio nuestras minas; cultive resignado nuestras montañas antropófagas; transporte la carga por allí por donde la máquina y las bestias no han podido pasar todavía; que sea el más noble y durable motor del progreso andino. Un asno así es merecedor de pasar a la categoría de hombre y de participar de todas las ventajas de la ciudadanía. Y todo, por obra de la coca. Sí, a pesar de tu incrédula sonrisa. ¿Qué te crees tú? Si hubiera un gobierno que prescribiera el uso de la coca en las oficinas públicas, no habrían allí despotismos de lacayo, ni tratamientos de sabandija. Porque la coca —ya te lo he dicho— comienza primero por crear sensaciones y después, por matarlas. Y donde no hay sensaciones los nervios están demás. Y tú sabes también que los nervios son el mayor enemigo del hombre. ¡Cuántos cambios ha sufrido la historia por culpa de los nervios! La fatiga, el hambre, el horror, el dolor, el miedo, la nostalgia, son los heraldos de la derrota. Y la derrota es un producto de la sensibilidad. ¡Ah!, si se le pudiera castrar al hombre la sensibilidad —la sensibilidad moral siquiera— la fórmula de la vida sería una simple fórmula algebraica. Y quién sabe si con el álgebra el hombre viviría mejor que con la ética.

¿Has meditado alguna vez sobre la quietud bracmánica? Ser y no ser en un momento dado es su ideal: ser por la forma, no ser por la sensibilidad. Lo que, según la vieja sabiduría indostánica, es la perfección, el desprendimiento del karma, la liberación del ego. ¡La liberación! ¿Has oído! Y la coca es un inapreciable medio de abstracción, de liberación. Es lo que hace el indio: nirvanizarse cuatro o seis veces al día. Verdad es que en estas nirvanizaciones no entra para nada el propósito moral, ningún deseo de perfeccionamiento. Él sabe, por propia experiencia, que la vida es dolor, angustia, necesidad, esfuerzo, desgaste, y también deseos y apetitos; y como la satisfacción o neutralización de todo esto exige una serie de actos volitivos, más o menos penosos, una contribución intelectual, más o menos enérgica, un ensayo continuo de experiencias y rectificaciones, el indio, que ama el yugo de la rutina, que odia la esclavitud de la comodidad, prefiere, a todos los goces del mundo, esquivos, fugaces y traidores, la realidad de una chaccha humilde, pero al alcance de su mano. El indio, sin saberlo, es schopenhauerista. Schopenhauer y el indio tienen un punto de contacto: el pesimismo, con esta diferencia: que el pesimismo del filósofo es teoría y vanidad, y el pesimismo del indio, experiencia y desdén. Si para el uno la vida es un mal, para el otro no es mal ni bien, es una triste realidad, y tiene la profunda sabiduría de tomarla como es. ¿De dónde ha sacado esta filosofía el indio? ¿No lo sabes tú, doctor de la ley? ¿No lo sabes tú, repartidor de justicia por libras, buceador de conciencias pecadoras, sicólogo del crimen, químico jubilado del amor, héroe anónimo de las batallas nauseabundas del papel sellado? ¡Parece mentira! ¿Pues de dónde había de sacarla sino del huallqui…? Del huallqui, arca sagrada de su felicidad. ¿Y hay nada más cómodo, más perfecto, que sentarse en cualquier parte, sacar a puñados la filosofía y luego, con simples movimientos de mandíbula, extraer de ella un poco de atarxia, de suprema quietud? ¡Ah!, si Schopenhauer hubiera conocido la coca habría dicho cosas más ciertas sobre la voluntad del mundo. Y si Hindenburg hubiera catipado después del triunfo de los Lagos Manzurianos, la coca le habría dicho que detrás de las estepas de la Rusia estaba la inexpugnable Verdún y la insalvable barrera del Marne.

Sí, mi querido repartidor de justicia por libras; la coca habla. La coca revela verdades insospechadas, venidas de mundos desconocidos. Es la Casandra de una raza vencida y doliente; es una biblia verde de millares de hojas, en cada una de las cuales duerme un salmo de paz. La coca, vuelvo a repetirlo, es virtud, no es vicio, como no es vicio la copa de vino que diariamente consume el sacerdote de la misa. Y catipar es celebrar, es ponerse el hombre en comunión con el misterio de la vida. La coca es la ofrenda más preciada del jirca, ese dios fatídico y caprichoso, que en las noches sale a platicar en las cumbres andinas y a distribuir el bien y el mal entre los hombres. La coca es para el indio el sello de todos sus pactos, el auto sacramental de todas sus fiestas, el manjar de todas sus bodas, el consuelo de todos sus duelos y tristezas, la salve de todas sus alegrías, el incienso de todas sus supersticiones, el tributo de todos sus fetichismos, el remedio de todas sus enfermedades, la hostia de todos sus cultos…

Después de haberme oído todo esto, ¿no querrías hacer una catipa? ¿Estás seguro de tu porvenir? ¿No querrías saber algo de tu porvenir? ¿Te molesta mi invitación? ¡Ingrato!.. Ya estás cerca de tu casa. Apura un poco más el paso. Así… así. Has subido a trancos las escaleras. Buena señal. Ya estás en el despacho. Siéntate. ¿Para qué te descubres? La catipa puede hacerse encasquetado. Es un rito absolutamente plebeyo. El respeto es convencionalismo. ¿Qué cosa ha crujido? ¡Ah!, es el cajón que ya tú sabes. ¡Y cómo cruje también lo que hay adentro! Parece que se rebela contra los codiciosos garfios de tu diestra. La coca es así; cuando se entrega parece que huye. Como la mujer… como la sombra… como la dicha… Pero no importa que cruja. Ya la has cogido. ¿Quisieras ahora catipar? ¿Sí? ¡Muy bien! Pero pon fe, mucha fe. Escoge aquella de pintas blancas; es la más alcalina y la que mejor dice la verdad del misterio. ¿La sientes dulce? No. No te sabe a nada todavía. Sólo vas sintiendo un poco de torpor en la lengua; es la anestesia, hada de la quietud y del silencio, que comienza a inyectar en tu carne la insensibilidad. ¡Cuidado con que llegues a sentirla amarga! ¡Cuidado! ¿Qué? ¿Te has estremecido? ¿Sientes en la punta de la lengua una sensación? ¿Te está pareciendo amarga? ¿No te equivocas? Es que le has preguntado algo. ¿Qué le has preguntado?.. Callas, la escupes. ¿Te ha dado asco? No. Es que la has sentido amarga, muy amarga. ¡Perdóname! Yo habría querido que la sintieras dulce, pero muy dulce.

Cuarentiocho horas después, a la caída de una tarde, llena de electricidad y melancolía, vi un rostro, bastante conocido, aparecer entre la penumbra de mi despacho. ¿Un telegrama? Me asaltó un presentimiento. No sé por qué los telegramas me azoran, me disgustan, me irritan. Ni cuando los espero, los recibo bien. No son como las cartas, que sugieren tantas cosas, aun cuando nada digan. Las cartas son amigos cariñosos, expansivos, discretos. Los telegramas me parecen gendarmes que vinieran por mí.

Abrí el que me traía en ese instante el mozo y casi de un golpe leí esta lacónica y ruda noticia: “Suprema suspendido usted ayer por tres meses motivo sentencia juicio Roca–Pérez. Pida reposición”.


¡Un hachazo brutal, el más brutal de los que había recibido en mi vida!



(1920)

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